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| Domingo, 05 de septiembre de 2010 | ||
PENSAMIENTO Y SALUD XII. LA CÉLULA |
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En todos los artículos anteriores he descrito como los pensamientos tienen una incidencia directa en nuestra salud y bienestar. Todos y cada uno de ellos, en cada instante, por banales y fugaces que sean. Lo creamos o no. La comprobación es sencilla: piensa ahora durante unos instantes, no más de uno o dos minutos, en algo agradable. Con los ojos cerrados te será más fácil. Trata de pensar con el cuerpo, viendo imágenes, sintiendo lo que has elegido pensar. Puedes comprobar como tu nivel de bienestar aumenta. Ocurrirá a la inversa si lo haces con algo desagradable. Esta sensación de bienestar que tan fácilmente has logrado se corresponde con un trasfondo bioquímico. En ese minuto ha habido billones –y no es una exageración- de cambios moleculares en tu cuerpo motivados por ese pensamiento. Pero ¿cómo ocurre esto? Lo explicaré en forma esquemática. En la superficie de la membrana de cada una de nuestras células existen los llamados receptores celulares, moléculas destinadas a informar a la célula de lo que ocurre en el entorno. Vienen a ser como son los cinco sentidos para nosotros, la diferencia estriba en que en la célula todo transcurre a escala molecular. Así nuestros sentidos responden a la luz, los olores, los sonidos, etc., en cambio los receptores celulares responden a las moléculas de glucosa, de estrógeno, de insulina, de endorfina, a campos de energía (electromagnética, radioterapia.), etc... Cientos de estímulos distintos son capaces de provocar respuestas en cientos de receptores distintos, existiendo especifidad entre unos y otros. En lo esencial, entre nosotros y nuestras células, no hay gran diferencia. El proceso por el cual nuestros pensamientos influyen directamente en la actividad celular, y por tanto en nuestro bienestar y salud es el siguiente: a nuestros sentidos llega la información del entorno, supongamos todos los estímulos que constituyen lo que finalmente denominamos “una puesta de Sol”. Las únicas células que en realidad reciben directamente esta información son las de nuestros sentidos, el resto de nuestros 70 billones de células, o sea, el 99’99%, permanece a oscuras, sin acceso a la puesta de Sol. A continuación llega un paso crucial que es la interpretación que elaboramos sobre la puesta de Sol, lo que sobre ella pensamos. A modo de ejemplo, podemos pensar –sin ser necesarias las palabras- en la belleza, la paz y el sosiego del atardecer, o podemos pensar en lo mal que nos sabe no poder compartir ese momento con un ser querido. En el primer caso, y haciendo un arreglo reduccionista, estos pensamientos liberan oleadas de moléculas, pequeñas cantidades de endorfinas, oxitocina, serotonina, dopamina..., que al activar a los receptores celulares suscitan en la célula una respuesta biológica expansiva, positiva. En el segundo caso, los pensamientos, entre otras muchas substancias, desencadenan la liberación de pequeñas cantidades de adrenalina y cortisol que al activar a los receptores celulares suscitan una respuesta biológica de miedo, negativa. El cóctel de substancias es mucho más complejo en ambos casos, pero sirva esta simplificación para entendernos. Si ahora multiplicamos cualquiera de las dos respuestas –positiva o negativa- por los 70 billones de células que conforman nuestro cuerpo, tendremos o bien un sentimiento de felicidad o bien uno de tristeza. Nuestras células no han respondido a la puesta de Sol sino que responden a nuestros pensamientos sobre la misma. Así ocurre con cualquier hecho, pues todos acceden a nosotros a partir de los órganos de los sentidos y es finalmente lo que pensamos sobre esta información proporcionada por ellos lo que modula la actividad celular. Puesto que podemos elegir lo que pensamos, a la vista de lo explicado es obvio que, si queremos vivir mejor a todos los niveles debemos elegir nuestros pensamientos. La libertad comienza en nuestro pensamiento, si no somos libres en él no podemos serlo en ningún otro ámbito, siendo ésta la condición necesaria para el libre albedrío. Este esquema sencillo sobre la relación entre pensamiento y actividad celular, adquiere tintes más ‘dramáticos’ si miramos detrás de la expresión respuesta celular, pues ésta consiste en la síntesis de proteínas a partir de la plantilla de los genes que conforman el ADN, lo cual significa entonces que con nuestros pensamientos estamos influyendo selectivamente en la expresión de nuestros genes. Aún más, pues cuando la célula se encuentra en la imperiosa necesidad de dar una respuesta, existen genes cuya función es rescribir a otros genes, de modo que al contrario de lo que se creyó mucho tiempo, el código genético no es algo estático. Esta es la verdadera ingeniería genética y parte de nuestro poder, ya sea que lo usemos adecuada o inadecuadamente. | ||
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